EN EL NOMBRE DEL PADRE

Reseña:


En las décadas de los sesenta y setenta proliferaron en Europa una serie de grupos terroristas de diversa índole cuyos planteamientos ideológicos iban desde el nacionalismo localista hasta las más diversas corrientes de la extrema izquierda, cuando no mezclaban ambos tipos de argumentos en las causas que pretendían reivindicar mediante sus actos criminales. Muchos de estos grupos desaparecieron por su propia debilidad interna, por la insuficiencia del número de sus militantes o por las formas ilegales que, desde el Estado, se utilizaban para combatirlos. Otros, subsisten hasta hoy convertidos en un grupo mafioso que extorsiona, chantajea y comercia con armas, droga o cualquier cosa que permita vivir holgadamente a quienes los dirigen. Hay otros grupos, en concreto el IRA, que si bien consolidaron mucho antes su actividad también incrementaron notablemente su escalada de atentados durante esta época. En este caso no era sino una nueva forma de enfrentarse al secular conflicto, tan antiguo como la propia monarquía inglesa, que suponía la ocupación británica de la isla de Irlanda. Hoy, todos en Irlanda (esperemos, definitivamente) han comprendido que el camino está cerrado por el lado de la violencia y se esfuerzan por abrirse paso dentro de la legalidad y el cumplimiento de la ley. Pero no hace mucho, nada de eso era así.

En aquellas décadas, como respuesta a este fenómeno creciente, surgido, como una corriente atrofiada, de las crisis económicas de aquellos años y de las protestas sociales del 68, muchos Estados europeos idearon auténticas aberraciones jurídicas llamadas en general con el apelativo de leyes especiales contra el terrorismo. Reino Unido, Francia, Italia o Alemania aprobaron leyes, del tipo que pretenden aprobar o han aprobado recientemente incluso Reino Unido y Estados Unidos, en las cuales, en aras de la protección contra el terrorismo, se permitían actos de dudosa legalidad en una democracia, tales como la anulación absoluta de cualquier mínimo de derechos básicos para quienes eran investigados y arrestados en acogimiento a las mencionadas leyes. Entre los actos que sin ningún tipo de control judicial permitían aquellas leyes hablamos de registros, de escuchas telefónicas, de grabación de conversaciones, de seguimientos, de toma de fotografías, de investigaciones en los lugares de trabajo, la apertura de correo privado, las detenciones preventivas y los interrogatorios sin presencia de abogados. Es decir, el mismo grado de paranoia y de histeria que posibilita actualmente a individuos como Bush utilizar la excusa del terrorismo para acrecentar el control absoluto sobre los gustos, costumbres, opiniones, manifestaciones, prácticas y deseos de sus ciudadanos, mientras él carece del más mínimo control y escapa a cualquier límite de legalidad y decencia. Es decir, en aquel entonces, una Europa repleta de pequeños Guantánamos.

Uno de los aspectos más destacados y condenables de aquellas leyes eran las detenciones preventivas. En estos países de la civilizada Europa, que en el seno de la entonces Comunidad Económica Europea se definían como Estados democráticos de derecho, las fuerzas de seguridad del Estado podían retener, amparándose en las citadas leyes especiales contra el terrorismo, a sospechosos (fundada o infundadamente) durante largos períodos de días e incluso semanas, para ser investigados e interrogados sin la presencia de abogado y con total ausencia de las mínimas garantías de habeas corpus.


En este marco es donde se ubica la historia de En el nombre del padre, que Jim Sheridan, director de la afamada Mi pie izquierdo entre otras, dirigió en 1995 y que se basa en la novela escrita por el auténtico Gerard Conlon, el personaje al que da vida en el cine Daniel Day-Lewis, y que describe la odisea de éste, su familia y un grupo de amigos en las cárceles británicas acusados de unos hechos que no cometieron, que jamás pudieron haber cometido, y cuya detención y posterior condena se produjo sobre la base de una de esas leyes antiterroristas que permitían la detención y custodia de los detenidos sin ser pasados a disposición judicial durante nada menos que diecinueve días.


Más allá de las fantásticas interpretaciones de todo el elenco de actores de la película, lo que sobrecoge es comprender que es una historia real desde el principio al fin, lo cual nos hace profundamente conscientes de la debilidad del sistema de derechos en el que vivimos cuando cae en malas manos.

Nos encontramos en los 70, años de liberación sexual, música, drogas, huida de los convencionalismos sociales… En este clima, en Belfast, muchos jóvenes de familia católica, rechazada por la comunidad protestante, en cuyas manos están el poder político y las fuerzas de seguridad, malviven dado que no pueden acceder a los empleos y a la educación de los que disfrutan los protestantes. Son los excluidos sociales, los pobres. Muchos de ellos cometen pequeños delitos para ganar un dinero con el que salir adelante, pagar sus cervezas o sus drogas. Gerry Conlon-Daniel Day-Lewis es uno de ellos. Los contínuos problemas en los que se meten él y sus amigos (llegan a ser amenazados de muerte por el IRA a causa de su condición de ladrones de poca monta), hacen que algunos de ellos sean enviados a Inglaterra a buscar trabajo, o simplemente para huir de un ambiente duro que más tarde o temprano les pasará factura por cualquiera de sus extremos.

Gerry Conlon es uno de los que hacen el viaje a Londres, donde vive una tía suya y unos primos. Una vez en Londres, decide no vivir con su tía y junto a unos amigos de origen irlandés entrará en una comuna en la que encontrará sexo y drogas.


Poco imagina por aquel entonces que el IRA prepara un atentado con bomba en una taberna de Guildford que causará cinco muertos, y menos aún que, por su origen irlandés mezclado con un asunto de celos, será detenido durante una visita que realiza en Belfast a sus padres, acusado de los atentados de Guildford. La detención se ha producido porque su nombre aparece en las declaraciones de sus amigos, que han sido detenidos previamente en Londres.

A partir de ahí comenzará para los detenidos un interminable proceso de interrogatorios, presiones, torturas, agresiones, y muchas otras aberraciones que en la película solamente se apuntan, encaminadas a la obtención de unas confesiones en las que, más que el conocimiento de la verdad, se buscan unos responsables confesos que poder vender a las altas jerarquías políticas, a la prensa y a una sociedad atemorizada ante la proliferación del terrorismo irlandés en Inglaterra. De hecho, la coartada esgrimida por Gerry, el hecho de que a la hora de las explosiones se encontraba con un vagabundo en un parque, ni siquiera será investigada por la policía.

La continuación de tan estrafalario montaje policial y de tan delirante investigación, dirigida por un inspector sin escrúpulos al que da vida un magnífico actor, poco conocido aquí, Corin Redgrave, lleva a la detención de la tía de Gerry, sus primos, y de su padre, que ha acudido a su casa de Londres para estar cerca de su hijo. En el expediente policial se incluyen pruebas manipuladas que incluyen restos de nitroglicerina en los guantes de fregar de la tía de Gerry, e incluso el hallazgo de restos del mismo explosivo en las manos y la ropa de los primos de Gerry, unos adolescentes que saben lo mismo del IRA que de física cuántica.

La culminación de toda la farsa tendrá lugar en un juicio-espectáculo en el que habrá abogados incompetentes, jueces predispuestos y policías perjuros y que terminará con la condena de todos los implicados a penas que van de los catorce años de cárcel a la cadena perpetua para Gerry y sus amigos. Su padre será condenado a 30 años, es decir, prácticamente a morir en prisión. Estas condenas no se conmutarán ni cuando el auténtico responsable de los atentados se declara culpable de los mismos cuando es detenido por la policía. Las jerarquías policiales se dan cuenta entonces del crimen que han cometido, pero deciden ‘no meneallo’ por el escándalo que puede producirse.

La película se detiene a examinar las relaciones tortuosas entre Gerry y su padre durante la larga estancia en la cárcel, la negación de Gerry de la realidad, su resignación, y su caída en las drogas. Incluso el auténtico responsable de los atentados coincide en la misma prisión que Gerry y su padre, y el odio que a Gerry le genera, unido a la enfermedad de su padre, harán que Gerry se dedique a buscar una salida a su situación dentro de los cauces legales, ayudado por una abogada que ha visitado la cárcel, interpretada por la fantástica Emma Thompson. Tras largos años de lucha legal lograrán reabrir el caso y revertir la injusta situación en uno de los finales más emotivos, furiosos y redondos de los últimos años. Pero para el padre de Gerry será tarde.

La película parece un simple drama carcelario magníficamente interpretado. Pero no es sólo eso; diría que no es ni siquiera eso. Es el retrato de la falsedad de los valores de una sociedad, de la puesta en evidencia de una mentira y de la muerte de la inocencia ante esa mentira.

Como toda obra de arte, la película plantea diversos y casi interminables niveles de lectura: la marginación de los católicos en la Irlanda del Norte de la época (incluso de la actual) y cómo una minoría poderosa que ostente el poder es capaz de reservarse los derechos y los beneficios para sí, el hecho de que es obvio que esas sociedades son caldo de cultivo para el acrecentamiento de las filas de los delincuentes y de los grupos terroristas que quieran combatir esa desigualdad mediante la imposición de un sistema político diferente, el tejido social que estas organizaciones terroristas pueden lograr y el grado de asimilación que pueden conseguir entre las personas pacíficas (un grupo de niños lanza piedras a los blindados británicos en una manifestación al grito de ¡Viva el IRA!), el hecho de que incluso en el poder opresor hay quienes, como la abogada interpretada por Emma Thompson, ponen a las ideas y a las virtudes del sistema democrático por encima del interés partidista, el grado que las presiones políticas puede alcanzar, hasta el punto de arruinar la vida a ocho personas inocentes (dos de ellas niños aún) por entregar alguna cabeza que poder vender a la opinión pública… Como dice la abogada en el momento en que presenta al tribunal la prueba exculpatoria definitiva, ante los atónitos ojos del inspector Dixon: “este documento desacredita al sistema legal británico en su totalidad”. Eso lo muestra también la película: no hay excepciones, la ley no puede extralimitarse, dado que de ella depende la seguridad y la credibilidad de todo el sistema. Tal como hemos visto en España recientemente, y en contra de la opinión de quienes todavía establecen diferencias de clase, la ley ha de ser para todos igual, cuando nos gusta, y sobre todo, cuando no nos gusta, porque en ello descansa su fuerza, su legitimidad, y su credibilidad. Eso es lo que deberían entender determinados políticos y medios de comunicación españoles de tendencia reaccionaria cuando día a día cuestionan las instituciones, el trabajo policial, los tribunales, y las demás instancias que no les pertenecen y siguen sus corrientes de pensamiento (o directamente, de engaño), en su empeño por demostrar que el caballo blanco de Santiago es verde.

Capítulo aparte merece el particular sistema de justicia británico, en el que se inspira, casualmente, el norteamericano, basados ambos en la ausencia de códigos penales escritos, la atención a los precedentes y la gran cantidad de competencias personales atribuídas a los jueces, lo que posibilita manifiestas injusticias y genera una cantidad de errores judiciales incomparable, aunque en ambos sistemas se producen, con los sistemas judiciales que siguen el sistema de códigos continental originado tras la Revolución Francesa y el Código de Napoleón. El sistema judicial británico ha generado muchas situaciones paralelas e igualmente injustas que la de los llamados ‘Cuatro de Guildford’. Sin ir más lejos, en Birmingham, seis personas (conocidas por los ‘Seis de Birmingham’) fueron condenadas a largas penas de prisión por la muerte y posterior ocultación de la misma, de un niño, siendo demostrada su inocencia muchos años después. Igualmente, en la misma situación se encontraron siete miembros de una misma familia, los Macguire, detenidos y procesados por la ley antiterrorista, e igualmente inocentes.

Finalmente, y en los tiempos que corren aún mucho más, la película nos muestra los problemas que ocasiona un cuerpo policial corrupto y una justicia incompetente y acomodaticia, además de una clase política incapaz. Si individuos como Bush pueden aprobar las normas que aprueban es porque existen quienes le dan respaldo, y quienes las aplican y las acatan. Un cuerpo policial o militar y una judicatura que sirvan ideales previamente marcados o guionizados desde el poder, son el mayor grado de corrupción que puede darse en un Estado, como prueba el tratamiento judicial que los tribunales norteamericanos están dando al caso de Guantánamo, proporcionando la cobertura legal a un crimen contra la humanidad. No existen derechos cuando el poder no quiere que existan, por no existir, no deben existir opiniones diferentes a las que el poder permite que existan. ¿Qué diferencia a los policías de la película a aquellos de la Brigada Político-Social de Franco? Ambos buscaban culpables prescindiendo de si las confesiones eran o no auténticas, incluso si a costa de ello los verdaderos responsables huían para siempre, todo con el objeto de mantener la hipócrita fachada de orden y control, sin detenerse a pensar en la cantidad de vidas que arruinaban por el camino. Se puede esperar eso de una dictadura de corte fascista, en ello se basa, pero no es de recibo en supuestas democracias de derecho como el Reino Unido de los setenta o los Estados Unidos de hoy, con sus Guantánamos, sus cárceles flotantes en aguas internacionales con torturas y crímenes generalizados y sus cárceles secretas por la ‘civilizada’, pasiva y cómplice Europa. Nuestros sistemas de derecho nos protegen hasta que a alguien le conviene que no nos protejan. Y si ese día llega, nadie nos protegerá.

Volviendo a la película, todos los intérpretes plasman unos magníficos trabajos. En especial Daniel Day-Lewis, que en esta época de banalización de la profesión y de vulgarización de los premios, debería recibir uno cada mañana sólo por el hecho de abrir los ojos. Pero también están fantásticos Emma Thompson, Pette Postlethwaite o Corin Redgrave, y esas incontables gotas del inmenso océano de actores secundarios ingleses e irlandeses. Otro punto fuerte de la película es la música: Bono, Hendrix, Sinnead O’Connor (en uno de los momentos más emotivos de la cinta), Bob Marley…Banda sonora imprescindible en una discoteca, de la que pondremos algunos post dentro de no demasiado tiempo.

En el nombre del padre es toda una experiencia. En su momento se la calificó como película antibritánica y se creó cierta polémica por el retrato que daba del gobierno y policía británicos y norirlandeses. Sin duda, un argumento estúpido a la vista de los hechos reales de éste y otros casos. Criticar en una película las detenciones arbitrarias, las torturas, las condenas injustas, los regímenes corruptos, la justicia incompetente y todos los vicios que existen en nuestro cómodo sistema de vida es un aviso de que lo que ocurrió en el pasado puede darse, de hecho se está dando, en el presente y en el futuro inmediato, y en cualquier geografía. Quienes utilizaban argumentos de crítica tan torpes, no estaban más que confirmando la premisa mayor que mostraba la película. Pero si la historia que refleja la película la han vivido en primera persona seres de carne y hueso, que han perdido su juventud (en dos casos incluso la adolescencia) en una cárcel por un delito que no habían cometido, que llegaron incluso a morir en prisión sin que su nombre y su memoria fueran rehabilitados, entonces pasa a ser un testimonio, una verdad innegable, y quienes la disfrazan, la ocultan, la niegan, antes, ahora y siempre, son el enemigo. Sea británico, iraquí, estadounidense, argelino o español.
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El mundo es un archipiélago y lo único realmente globalizado es la proliferación de lo heterogéneo”

(Subcomandante Marcos)